Mi interés por la pintura comenzó en mi propia habitación, donde pintaba murales inspirada por una experiencia que marcó mi infancia: cuando Joan Aguiló, artista local, fue invitado a crear un mural en el patio de mi casa. Ver cómo el color transformaba un espacio tan cotidiano despertó en mí la necesidad de intervenir el entorno a través del arte, de convertir paredes en superficies vivas.

Esa primera impresión me llevó, con el tiempo, a desarrollar dos proyectos en colegios, donde pude unir creación y comunidad. A través de murales colaborativos, buscaba no solo decorar un espacio que forma parte del día a día de los estudiantes, sino también acercarles el arte como herramienta de expresión, identidad y pertenencia. Para mí, estos proyectos fueron una forma de devolver aquello que recibí de niña: la idea de que una imagen puede cambiar la manera en que habitamos un lugar.

En el Colegio de Son Roca (CEIP ANSELM TURMEDA) llevé a cabo un proyecto con motivo del Día de la Mujer, diseñado para ser completamente colaborativo. Cada niño tuvo la oportunidad de dejar su huella, pintando su mano de lila en el mural como símbolo de un mundo en el que todos somos partícipes. Más que decorar un espacio, el proyecto buscaba acercar el arte a la vida cotidiana de los estudiantes y generar un sentido de comunidad, pertenencia y colaboración, transformando la pared en un reflejo colectivo de creatividad y compromiso.

Más adelante, desde el IES Inca me brindaron la oportunidad de intervenir la entrada del centro, un espacio que da la bienvenida a toda la comunidad educativa. El proyecto se realizó en sintonía con la celebración y visibilización del colectivo LGTBI, buscando transmitir valores de inclusión, respeto y diversidad.